El lenguaje en la lectura es de un
enamorado, de un esposo amante, para expresar la profundidad de la relación
entre Dios y su pueblo. Pero el amor de Dios por su pueblo va más allá de
lo normal. No se trata del amor pacífico entre dos esposos que se quieren uno
al otro, que son fieles a ese amor. Va más allá. El texto da a entender que la
mujer ha sido infiel al marido. Y que el amor del marido es tan grande que
es capaz de perdonar, de olvidar, de comenzar de nuevo. Y de asumir
todo el esfuerzo que supone hacer que ella se vuelva a enamorar de él.
Ayer como hoy continuamos siendo duros
de Corazón y seguimos haciendo lo contrario a este texto relatado. Cuando uno
de los esposos descubre que ha sido traicionado por el otro, mucho más especial
cuando el hombre descubre una infidelidad, lo más normal es que el matrimonio se rompa,
que se separen y que no haya posibilidad de restaurar el vínculo roto. La
infidelidad es el camino más rápido hacia el entierro del amor. Eso cuando no
se da un paso más y se termina en la violencia pura y dura, ya que la
infidelidad provoca esa respuesta.
Nuestro amor desde lo humano es el que
debemos profesarnos y debe ser más grande que la traición y que la infidelidad.
Tiene que ser un amor constante y firmen ese amor que quiere siempre la vida
del amado y que sea incapaz de llegar a la infidelidad o cualquier separación por
otros motivos que también abundan en nosotros, incomprensiones, faltas de detalles,
monotonías cotidianas de nuestro vivir en parejas el día a día y muchas otras
producidas por ese individualismo. 
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